Una crónica/resumen del primer módulo de la
Escuela Continental de Agroecología del MAELA realizada en Cañuelas,
Provincia de Buenos Aires, Argentina.
1ª. ESCUELA CONTINENTAL DE FORMACIÓN POLÍTICA DEL MAELA
Profundizando la mirada para la acción
Por Ignacio Cirio
El primer módulo de la I Escuela Continental de Formación Política
(ECFP) del Movimiento Agroecológico de América Latina y Caribe (MAELA)
llegó a su fin, dando inicio a la fase política en los diferentes países
participantes: un semestre en que las delegadas y delegados de las
organizaciones se comprometieron a internalizar en sus colectivos y
junto a las coordinaciones nacionales del Movimiento acciones de
fortalecimiento organizativo preparatorias para la segunda instancia
prevista para mediados de año.
Fueron once días de formación, bajo la metodología de Educación
Popular, realizados en la localidad de Cañuelas, a unos 60 kilómetros de
la Capital Federal Argentina. Participaron 18 mujeres y siete varones
de un total de 26 organizaciones provenientes de 12 países
latinoamericanos, además de los integrantes de la Comité Coordinador
Continental (CCC) del Movimiento, militantes de organizaciones locales y
el equipo de facilitadores/as en temáticas como Género, Comunicación,
Agrotóxicos y Transgénicos, Economía Social y Solidaria, Educación
Popular y Soberanía Alimentaria.
La conceptualización de la Agroecología como propuesta política que
propende a un cambio profundo de las estructuras agrarias, alimentarias y
económicas, con justicia social y de género, fueron algunos de los
nodos centrales del trabajo de formación de cuadros de MAELA.
Asimismo, se buscó el fortalecimiento de este Movimiento, con 22
años de vida, en su estructura, así como de la capacidad de
interlocución de sus delegados y representantes en diferentes espacios
de articulación o negociación en que participa la organización a nivel
nacional, regional, continental e internacional.
Tal es el caso de la Alianza por la Soberanía Alimentaria de los
Pueblos de América Latina y Caribe, el Comité Internacional de
Planificación para la Soberanía Alimentaria (CIP) o el Mecanismo de la
Sociedad Civil del Comité de Seguridad Alimentaria Mundial, por citar
algunos espacios.
La convicción de la necesidad de fortalecer la propuesta política
agroecológica como forma de trazar caminos hacia la Soberanía
Alimentaria, la riqueza de experiencias comunitarias y locales, con
proyección a los procesos nacionales y la defensa de los territorios
frente al avance del paquete productivo de la agroindustrialización,
quedan entre los resultados de los días de debate e intercambio de
experiencias, en un enero atípicamente lluvioso, al sur del continente.
También la recuperación de la mirada de género y los saberes
tradicionales y ancestrales en la conformación de sistemas
agroalimentarios soberanos como claves en una nueva concepción de
desarrollo rural, de un lado y la calidad de vida o “Buen Vivir” en los
espacios urbanos, de otro, fueron aspectos resaltados por facilitadores,
participantes e invitados a la Escuela.
La interacción con estados y gobiernos, con la academia e incluso con
las estructuras de partidos fueron aspectos que quedaron abiertos al
debate. No obstante, la Escuela de Formación Política –un proyecto
largamente madurado en la estructura del Movimiento- puede servir como
referencia clara del conjunto de transformaciones que el MAELA ha
atravesado desde que en 2009 definiera su tránsito hacia una estructura
de movimiento social donde el sujeto político fundamental lo conforman
campesinos, indígenas, productores y productoras familiares
agroecológicos, con el acompañamiento de organizaciones de asesoramiento
técnico y político.
El evento también sirvió como denuncia de la disputa territorial que se
vive a nivel del continente, de acuerdo a tres de los testimonios de
participantes en la Escuela con quienes dialogamos.
Costa Rica: la contracara de la piña
Grace Navarro Pérez pertenece a la Red de Mujeres Rurales de Costa
Rica, donde se articulan mujeres del campo en torno al eje de procesos
de formación y rescate y defensa de la tierra campesina, las semillas y
los saberes tradicionales. La Red es una herramienta de empoderamiento
de las mujeres en sus distintos territorios, a través de talleres y
visitas colectivas a fincas diversificadas en las varias regiones ticas.
La Red interacciona con el aparato estatal, indica Grace, pero “las
que hablamos somos nosotras”, agrega y aclara que existen varios casos
de “invasión” trasnacional a través de minería y agronegocios. En su
región, es el caso del monocultivo de piña (ananá) a través de la
multinacional PINDECO, en tierras estatales inicialmente destinadas a
distribuir entre familias campesinas. Sin embargo, la trasnacional
explota esas extensiones a cambio de una renta módica, explica Grace. Se
trata de kilómetros y kilómetros cuadrados de cultivos que han
transformado hasta el propio paisaje, grafica.
En otros territorios, en el Caribe tico y al sur del país por
ejemplo, la piña es sustituida por los bananales. “Hay poblaciones que
tienen serios problemas de salud por los venenos que se aplican allí. El
agua en esas regiones ya no es potable, está envenenada y llega solo a
través de cisternas” algunas veces a la semana, indica la referente de
MAELA.
La defensa de las “gallinas de patio” o criollas, tras una
experiencia en que el Ministerio de Agricultura (MAC) entregó a cada
familia algunos ejemplares cuya genética requería alimento concentrado y
por ende la obtención de insumos externos a la finca, es parte también
de las experiencias de la Red, que se complementa con la conservación e
intercambio de semillas criollas.
Grace trabaja la finca diversificada de sus padres y como tal, señala,
ha logrado influir en la toma de decisiones del predio y ha introducido
cambios en el sistema productivo en transición agroecológica a partir de
nuevos conocimientos adquiridos en el marco de la Red, que a su vez
integra MAELA. Para ello se enfrentó primeramente al método tradicional
para sus padres, que sin embargo se apropiaron de las nuevas técnicas
agroecológicas.
Ser parte de un Movimiento con carácter continental, que postula la
Agroecología como proyecto político, también internacional, es para
Grace “sentir y confirmar que estamos apoyadas, ver que en las regiones,
países o comunidades estamos en una misma lucha y que se está
trabajando en conjunto”.
De su participación en la ECFP, Grace analizó los distintos ejes “como
parte de mi diario vivir”, señalando que el trabajo la ayudó para
conceptualizar y enmarcar la práctica de la Red en categorías de
análisis más profundas. “Lo que hacemos tiene gran valor. Y esta Escuela
nos sirve para empoderarnos cada día más”, dice Grace.
La organización y la mirada internacionalista es para ella una
ganancia fundamental en su vida, como mujer rural: “de no haber
participado en estos espacios –señala- no me diera cuenta de toda la
problemática que hay en mi país; estuviera enredada en el rollo del
progreso, del desarrollo… es decir que creo que solo organizadas tenemos
noción más clara de la realidad. Por ejemplo, yo vivo a media hora de
los piñales y no me daba cuenta, no analizaba el efecto que nos estaba
causando. Cuando concurrí en mi comunidad a un espacio de capacitación
de la Red que hablaba de eso, me alarmé porque no me estaba dando
cuenta”.
Cuando la consultamos sobre la mirada de género, Grace apunta que la
apropiación de conocimientos sobre su propio cuerpo, su femineidad, su
maternidad y el valor de su trabajo, productivo y reproductivo, culmina
quebrando los fuertes estereotipos y construcciones sociales que rigen,
más marcadamente para las mujeres del medio rural.
La “edad de casarse”, de “ser madre”, etc. son parámetros muy
condicionantes a nivel de las comunidades rurales donde nació y vive
Grace, que son parte de las construcciones sociales de género, que la
capacitación ayuda a des-naturalizar. “Quizá si no hubiera participado
en espacios organizados estaría llorando por no haberme casado, cuando
en realidad es una decisión mía”, dice Grace, acompañando la frase con
una risa sonora.
Colombia: semillas y desobediencia civil
Y con la misma sonrisa, casi con ansiedad por contar las experiencias
que se llevan adelante en el resguardo indígena de Cañamomo, del
departamento colombiano de Caldas, nos recibe María Velma Echavarría,
protegiéndose del duro sol bonaerense de enero bajo uno de los varios
árboles que rodean a la ECFP.
La geografía plana, de pampas extensas y pastos infinitos,
reverdecidos por las recientes lluvias y solo parceladas por alambrados y
cortinas de eucaliptus dista mucho de las tres cadenas montañosas que
caracterizan a Colombia. Allí, cada palmo de terreno, por empinado y
remoto que parezca, es fuente de producción de alimentos para las
familias indígenas y campesinas.
Y hasta allí también llegó la “Revolución Verde” y el mercado
alimentario globalizado internacional, buscando insertar a los
campesinos en ese mercado, sustituyendo las fincas diversificadas por el
monocultivo del café. Ya no sería necesario cultivar la yuca, el
banano, el mango, la papa, el aguacate o el maíz, escucharon los
campesinos de parte de los “promotores” del “desarrollo rural”, en no
pocos casos desde funciones públicas.
La solución era arrancar los palos frutales, los árboles de abrigo,
las huertas medicinales… para cultivar el café que, vendido en el
mercado internacional, significaría la renta necesaria para adquirir
todo lo que antes se producía dentro del predio. Las semillas
tradicionales ya no eran necesarias y así fueron descartadas y casi
olvidadas. Casi… Pasaron algunas cosechas y el plan “perfecto” del
monocultivo resultó desastroso para las familias campesinas, encadenadas
a los vaivenes del precio internacional del café –hoy en crisis aguda-,
al paquete productivo con agrotóxicos y concentración de la riqueza, a
los intermediarios y acopiadores del grano mágico y sagrado.
Para recuperar las semillas que había acompañado a las comunidades
por siglos era necesario un plan, un “Plan de Vida” de acuerdo con la
definición de los Cabildos Indígenas colombianos, como proyección
estratégica integral, que encontró su punto de partida precisamente en
las semillas, en sus semillas.
Así surge la figura del guardián y la guardiana. “No podemos hacer
Soberanía Alimentaria con semillas de fuera”, dice María Velma, por lo
cual se inicia con urgencia la creación de una estructura de rescate,
cuidado, multiplicación y conservación de la riqueza fitogenética y su
cultura asociada, a partir de un diagnóstico compartido respecto a la
pérdida acelerada de variedades.
Como en Cañamomo fue el caso del café, en otras regiones colombianas
el monocultivo que amenazaba esa biodiversidad pudo haber sido la caña
de azúcar, la palma aceitera o el algodón.
En el departamento de Caldas, Cañamomo fue el resguardo que inició
este proceso, el cual se extendió por otros resguardos indígenas vecinos
y generó la denominada “Casa de las Semillas” cuya intención es generar
un ambiente adecuado para las mismas, inserto en el propio territorio y
que dista mucho del “banco” de semillas que refleja en su concepción la
idea financiera de la agricultura.
La necesidad de que las semillas estuvieran disponibles incluso para
agricultores ajenos a los resguardos involucrados en esta apuesta
estratégica propició también un sistema de comercialización por la cual
los campesinos indígenas reciben renta, pero además evitan el ingreso de
las semillas industrializadas, híbridas o transgénicas.
No obstante, María Velma señala que las políticas públicas del estado
colombiano favorecen precisamente el paradigma opuesto. La reciente
resolución “9.70” ha criminalizado la producción autónoma de semilla,
generando incluso quemas de semillas familiarmente producidas.
Ante ello, el posicionamiento es a la desobediencia civil: “ni nos
vamos a registrar ni nos vamos a certificar; si todos hacemos lo mismo
organizadamente, el ICA (Instituto Colombiano de Agricultura) no puede
enviar un policía a cada finca”, dice la dirigente de MAELA comentando
el proceso de “entutelado” de la resolución por no cumplir con las
exigencias de consulta libre, previa e informada, taxativa para los
territorios indígenas de acuerdos a reglamentaciones internacionales,
internalizadas en el marco de Naciones Unidas.
Sobre la significación de la Escuela de Formación Política del
Movimiento, María Velma destacó la necesidad de incidencia en distintos
espacios, así como la identificación de problemáticas, diagnósticos y
resistencias comunes.
“Vemos que estamos en lo mismo, en la misma dinámica, pero también la
Escuela me ha permitido fortalecer algunas cosas que desde nuestro
proceso podemos estar en debilidad. Para nosotros el tema central es el
de la semillas, sin ellas se cae todo el imaginario que uno tiene de la
Agroecología porque son la base de la Soberanía Alimentaria”, dice María
Velma.
Dentro de las parcelas, el trabajo de cuidado y conservación de las
semillas tiene claramente rostro de mujer, en tanto los varones,
generalmente, dedican su tiempo a los cultivos que generan renta.
De ahí la importancia de la lectura de género y la división sexual
del trabajo, con que contó la Escuela. “Desde que soy guardiana de
semillas, me siento mejor persona. He logrado mirar al fondo de mí y
avanzado en muchas cosas. Me siento mucho más comprometida y
transmitiendo un mensaje, primero que todo a mis hijos: que logren
entender y respetar la vida en toda su expresión”.
Paraguay: el imperio sojero
La delegación paraguaya a la I ECFP fue importante, reflejo de la
reciente incorporación de varias organizaciones de ese país al
Movimiento. Las que estuvieron presentes en Cañuelas son la Coordinadora
Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas (CONAMURI), el Centro de
Educación, Capacitación y Tecnología Campesina (CECTEC) y la
Coordinadora de Empresas Asociativas Rurales Campesinas y
Departamentales (CEARD). El simple dato de la caída abrupta de la población rural en las
tierras paraguayas (en números redondos, pasó del 60 al 30 por ciento de
la población en la etapa pos-dictadura, es decir unos 25 años) es una
fotografía orientadora de la profunda crisis humanitaria, social y
alimentaria del territorio corazón de América del Sur.
En junio de 2012, un golpe de estado con el apoyo explícito del
agronegocio, el latifundio y trasnacionales como Monsanto y Río
Tinto-ALCAN, truncó las expectativas de dignificación del medio rural
paraguayo, nacidas al calor del gobierno del religioso Fernando Lugo.
Cuando aún los ecos de lo que se conoció como “golpe de estado
parlamentario” –que le costó a Paraguay su suspensión del Mercado Común
del Sur (MERCOSUR)- se habían liberado autorizaciones para nuevos
eventos transgénicos, los procesos de recuperación de tierras “mal
habidas” por parte de organizaciones campesinas volvieron a foja cero y
las licencias de explotación minera se aprobaron en tiempo récord por el
nuevo régimen de facto.
La frontera agrícola-sojera avanza aceleradamente en Paraguay,
generando como contracara una centena de asentamientos irregulares en
torno a las principales ciudades del país como son Asunción, Ciudad del
Este o San Pedro. Los asesinatos selectivos a líderes y lideresas
campesinos, la persecución de las organizaciones y la injerencia
internacional tanto a nivel territorial (empresarios “brasiguayos”) o
estratégico (presencia de instancias de inteligencia y seguridad tanto
norteamericanos como israelíes) son parte de la acuarela del Paraguay
2014, con el gobierno de Horacio Cartes.
Lilian Galeano es parte del equipo de la Escuela de Formación
Campesina en Agroecología de CECTEC en Itapúa. Su familia, campesina, se
dedica al vivero, tanto de árboles autóctonos como de yerba mate, cuyo
cultivo que pese a ser uno de los tradicionales del país, se ha
extendido en los últimos años.
Como educadora, tiene una visión panorámica de las injusticias de
género que priman en el campo paraguayo: muchas veces-relata- son los
hermanos varones los que acceden a la capacitación por decisión de los
padres, relegando a las mujeres a las tareas internas de la casa. El
CECTEC, internaliza políticas diferenciadas en ese sentido, buscando
revertir dicha “naturalización” a las puertas del instituto educativo e
influyendo en las familias cuando se trata del “tiempo de hogar” que los
estudiantes intercalan con el “tiempo escuela”.
Sobre su saldo personal de la primera ECFP, Lilian subraya
precisamente la mirada feminista y señala que la veloz venta o
arrendamiento de parcelas en Paraguay ha dificultado las posibilidades
de las mujeres en la producción agroecológica. Así, la profundización en
las políticas de género es para Lilian, con 24 años y siete hermanos y
hermanas, una ganancia que se acompaña con la metodología de educación
popular que rigió la Escuela. Su formación ha sido, cuenta, “enfocada hacia lo productivo”, pero la
experiencia en MAELA, de cuya Asamblea del Cono Sur realizada en
diciembre en Uruguay también participara, le ha servido para valorar “la
importancia de la incidencia política” en un escenario como el
paraguayo donde la contradicción “agronegocios versus agroecología” es
una lastimosa realidad.
Lilian, Grace y María Velma coinciden en la importancia de una
articulación continental como MAELA y la formación política de sus
cuadros, entendiendo que los debates y aprendizajes acontecidos en
Cañuelas, cerca del Aeropuerto de Ezeiza, en Buenos Aires, incidirán en
la propia toma de decisiones del Movimiento en los diferentes espacios
internacionales y fronteras adentro de cada país.
Todas y todos, confiesan que la Escuela quizá haya extendido las
agendas necesarias a profundizar, como debate interno –que se reflejará
en la próxima Asamblea Continental prevista para este año 2014- y
también como capacidad de construir estrategia, interactuar con
instancias de poder y movilizar alianzas.
Porque, al fin y al cabo, se trata de transformar un sistema proveedor de la alimentación del planeta.
más información en : http://www.maela-agroecologia.org/